Ella no se percató de la llegada de ese extraño, que la observaba con fascinación mientra entrecerraba los ojos y ladeando la cabeza. Ella seguía pensando en lo que le había ocurrido esa misma tarde, cuando se había dado cuenta de que su romance era una farsa. A los pocos minutos, él carraspeó y, ella sobresaltada se giró. Se observaron a los ojos largamente y le dijo:
- Sé lo que deseas.
- ¿Qué sabes tú de mis deseos? - le susurró asombrada por la virilidad que asomaba en la voz del interlocutor - Mi nombre es...
Él no la dejó terminar de hablar y se acercó considerablemente a ella.
- Sé como te llamas Maira, sé como te llamas. Yo soy Ian.
- ¿Qué quieres de mí?
- Nada en particular y todo en general.
Ella se fijó más y vio unos enormes ojos azules que la perforaban con la mirada, su castaño pelo le caía con gracia en la frente y era suave, brillante y con apariencia aterciopelado.
- Deseas un amor puro, pasional, aventurero. Deseas a alguien que te escuche y que sea capaz de llevarte al cielo con solo tocarte. Deseas guerra para poder poner la paz entre ambos. Deseas que alguien te diga lo mucho que vales y que te demuestre su adoración con besos suaves que bajen desde la sien hasta la planta de los pies.
- ¿Cómo te atreves? - dijo ella en un susurro incapaz de responder.
- Shh... Sólo escúchame y si no crees en lo que digo me iré y no volverás a saber nada de mi.
Ella ladeó la cabeza mientras lo observaba y con la mirada le animaba a seguir, puesto que la curiosidad era algo de lo que pecaba a menudo. Las miradas se encontraron y el aire cambió. Se convirtió en una carga eléctrica que los rodeaba a ambos, que les impulsaba a acercarse.
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