miércoles, 29 de enero de 2014

Simplemente yo

 Hay veces en las que se trata de convertir un momento desagradable en otro que no lo es. Otros momentos en los que parece que lo único que importa es el corazón y otros en que sólo importa lo que nos impone la razón. ¿A cuál creer? ¿Quién tiene la razón?

 Esas son las preguntas más difíciles de responder, porqué ¿qué mejor que la unión de ambos? ¿qué mejor que actuar según los dictados del corazón bajo las reglas de la razón?

 El problema se esconde en que es imposible, porque no hay razón que domine al corazón. Muchas veces, al hablar de corazón, directamente pensamos en el amor, pero ¿qué hay de aquellos sentimientos sin nombre? ¿qué pasa con aquello que no se puede definir? y ¿qué ocurre con aquello que de una amistad simple se transforma en algo indefinible? ¿Se habla directamente de amor?

 Creo que no, creo que a veces se pasa por una complicidad sin precedentes, por una ternura y dulzura jamás experimentada; por una sensualidad por descubrir. Además de los miedos, que no hay que olvidar.

¿Qué hacer cuando sientes el deseo irrefrenable de besar en unos labios desconocidos para descubrir su tacto de una persona en la que piensas que siempre ha sido un amigo? Mi solución: encender un cigarro y observar que mientras anhelo unos labios, las cenizas de un humo que mis pulmones absorben se van cayendo por las leyes de la gravedad. Ver como aquello comienza a cambiar, que la perspectiva cambia y esas palabras de "jamás" se quieren transformar en "quizá".

 Pero nada es tan simple ¿verdad? Siempre hay algo que nos frena, algo que nos impide avanzar, porque ¿cómo permitir qué alguien se haga cargo de tus tormentos? ¿cómo esperar que algo sea puro cuando uno no lo es? ¿cómo dejar que te amen si antes no lo haces tú?

 Desde que descubres que la pasión de una noche consigue que al despertar estés más tranquilo, que la ansiedad disminuya, que los nervios se apacigüen y que el corazón enmudezca por una locura de pasión sin nombre, sin rostro, sin nada... sólo vacío; averiguas un modo de sobrevivir; pero esto no dura eternamente, porque no descubres tus pasiones, tus deseos ni amas a tu cuerpo, porque no deseas ni debes explicar nada de ti, sólo la fogosidad y el calor de un momento que se consume tal cigarro despreocupado.

 En el momento en que esa pasión disminuye, buscas frenéticamente una salida, para acabar recorriendo el mundo del placer sexual, saltando de cama en cama, porque tu corazón ha enmudecido, ha dejado de insistir en que mereces ser amado, en que tu cuerpo es bello y en que no debes castigarte por los errores del pasado.

 ¿Fácil? Por supuesto que no. ¿Imposible? Tampoco, siempre que encuentres a alguien, sea lo que sea que signifique para ti, con quién decidas compartir un pasado que te hirió; que dejó marcas imborrables y marchitó el sentimiento del amor. Esto no significa que te impida volver a amar, la cuestión es ¿será real? ¿en qué medida? ¿cómo saberlo?

 La respuesta es fácil, asimilarlo no tanto. Está claro que es real, puesto que aunque el corazón parezca mudo, la razón aún le escucha, cosa sencilla de ver cuando al hacer lo que se hace no se calma el dolor, este no desaparece cómo si jamás hubiera existido, y, por supuesto sigue convirtiéndote a tus ojos; en alguien frágil, indigno y molesto.

 Después de lo vivido, de los golpes y las marcas, las heridas y cicatrices, y seguir lamiendo durante años, la sangre imaginaria que estas derraman, uno se pregunta qué hacer para seguir viviendo, qué hacer para que cada bocanada de aire, cada suspiro y cada gemido valga la pena. ¿Cómo aceptar la mancillación de un cuerpo inexperto? ¿Cómo aceptar que te has dejado herir, que has dejado que se hiciera contigo una marioneta a la merced de alguien que decía amarte?

 Añadamos a la receta la pérdida, la muerte, la desaparición de un pilar imprescindible, alguien que te complemente, que te ama sin condiciones, que te acepta y que te mira con los ojos de alguien inocente, virgen en la vida del dolor, y que sólo conoce el dolor de la enfermedad, paliado por saber que es amado incondicionalmente. Añadamos a dicha receta que esta pérdida supone la pérdida de la mitad de una existencia, de un corazón, de una vida acostumbrada a luchar por la vida de otro. ¿Qué queda? Nada, no queda nada.

 Luchas con tu imagen en el espejo a diario, buscando los motivos y aquellos rasgos que hacen que te llamen bella, que parezca que eres fuerte y que no hay resquicios en tu armadura; recordándote a diario que no debes dejar que vean que estás rota, sujetando los pedazos con esparadrapo porque te has cansado de intentar cicatrizar unas heridas que parecen cada vez más grandes.

 De repente, un soplo de aire fresco. De repente, una mirada que parece real, pero que rápidamente rechazas pensando "No puede ser". De repente, te arriesgas, haces confesiones al oído, en susurros, para que el viento no reconozca tu voz y te traiga los recuerdos de un pasado que te atormenta. De repente, lo confiesas, reconoces que hay un sentimiento que no sabes que es ni que hacer con él. Sólo que desearías seguir viéndote con esa persona, quizá admitir algún beso robado y que en un futuro, siguiendo el ritmo que marcan los sentimientos se avanzara hacia una relación, fuera esta del cariz que fuera. Pero... siempre existe un pero. Pero no sabes expresarte, has perdido práctica, las palabras se atascan y quedas en ridículo; por lo que añades una muesca en la celda que has creado. Una celda imaginaria en la que escondes quién eres en realidad.

 La realidad se ha vuelto a imponer. Sólo cuando aceptes lo qué eres y quién eres, los demás serán capaces de verte. ¿Estás dispuesta a correr el riesgo?

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