Hay momentos en la vida en los que sólo deseas desaparecer y aparecer en una isla desierta en la que nadie te exige, nadie te pide, nadie te juzga y nadie te dice.
Otros en los que te gustaría ponerte delante de alguien para besarle con pasión, gritarle a los cuatro vientos que es entre sus brazos dónde quieres estar.
Hay otros momentos en los que no te levantarías de la cama porque perteneces a ese lugar con ese alguien especial que ha conseguido demostrarte que el paraíso existe entre sus labios y sus gemidos, en cada roce escondido en las yemas de sus dedos, cada recorrido de esa lengua que te aprisiona contra el placer.
Existen otra clase de momentos en los que está saliendo de lo más hondo de tu vientre una carcajada que agota el oxigeno de tus pulmones que te transportan al clímax de la felicidad.
También hay momentos en los que sientes que no puedes parar de llorar, que la sangre que bombea tu corazón son lágrimas que se pelean por salir primero y que el nudo que tienes en la garganta no desaparecerá nunca, que ya no lo soportas más.
Hay otros momentos en los que querrías publicar, demostrar, decir, gritar al mundo entero que estás ahí, que te has cansado de aplaudir a los ganadores y que es momento de crear tus propias reglas.
Los momentos de la vida no definen quienes somos ni quienes queremos ser, sino lo que hacemos con ellos en ese momento y lo que reflexionamos después es lo que va conformando nuestra vida, porque la experiencia si buena o si mala, es experiencia. Por eso, vive el momento.

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